13
junio

La verdad contra el fracaso absoluto

Periodista

Entre las innumerables aflicciones que implica envejecer pronto y sin ganas figura, en lugar destacado, comprobar que puedes detestar profundamente durante años lo que más adelante acabas asumiendo con relativa normalidad. Con el tiempo, arriamos banderas, silenciamos himnos y olvidando idearios y la honestidad que se nos presuponía se limita a una media docena de cosas, entre las que apenas tienen cabida tu equipo de fútbol, el Atlético de Madrid, por supuesto, -y hasta con más lealtad, el odio profundo hacia tu vikingo  adversario-, un par de discos y músicos –bendito Lapido, los Smiths, Antonio Arias, Los Planetas…-, otros cuantos autores –Roger Wolfe, por ejemplo-, y unos pocos amigos y amigas, a los que debes eternamente que te perdonen siempre.

También puede que mantengamos fidelidad a unos lugares y momentos sacralizados, varios recuerdos, y quizá, a regañadientes, una vela encendida a un puñado de valores, vagamente diluidos, tristemente moldeados en función de las necesidades vitales y económicas, aunque duela reconocer que algunas madrugadas la vela se apaga y con pereza, después de varios días, la volvemos a encender.

En ‘El secreto de sus ojos‘ (2009), la bella película de Juan José Campanella, Pablo Sandobal  (Guillermo Francella) le decía a Benjamín Espósito (Ricardo Darín) que un hombre, una mujer, “puede cambiar de todo: de casa, de cara, de familia, de religión, de dios”, pero que  existía algo a lo que nunca, nunca, podría renunciar: una “pasión”.

Podemos echarle la culpa, o agradecerle, a la vida, los amigos, enemigos, a una enfermedad, el tiempo, el trabajo o la ausencia de trabajo, los jefes, las frecuentes derrotas, los escasos éxitos, el desamor, el amor, las drogas, el alcohol, el tabaco, las circunstancias…, pero cambiamos o nos cambian y dudo, por ser generoso, que en la mayoría de los casos a mejor. Pero tras el disfraz y la piel, si Pablo Sandobal, tiene razón, que la tiene, algo existe que nos haga reconocibles, al menos, para nosotros mismos. Y junto a vicios y defectos, todos en mi caso, debe existir, por lo tanto, una pasión o varias, como en la película el sentimiento hacia el Racing de Avellaneda.

Como una suma de pecados capitales, que los reúne, el Periodismo se encontraba,-no sé si se encuentra ya-, entre ellas, con esa mezcla de sentimiento y padecimiento. Y pese a mi fracaso absoluto en la materia, -la temeridad de intentar hacer algo excepcional se paga, a menudo, con el precio de una inercia que desmiente buena parte de las expectativas- he tenido la suerte de vivir el Periodismo con los mejores y las mejores.

“Uno puede cambiar de todo: de casa, de cara, de familia, de religión, de dios…, pero nunca de la pasión”

Cuando en 2009, Álvaro Calleja y Santiago Sevilla recibieron merecidamente el Premio Andalucía de Periodismo en la modalidad de Prensa, por aquel insuperable trabajo de 13 reportajes publicados bajo el título de Memoria Recuperada en La Opinión de Granada, -que aún se puede disfrutar en la versión digital pirata del anhelado diario-, yo me había quedado sin una cámara de fotos que alguna vez emplearon para plasmar recuerdos de aquellas víctimas –siempre creí que la Kodak se rompió porque no podía aguantar la crueldad de aquellas historias-, pero sentí a cambio el orgullo, rara vez superado, de que recibieran periodistas de verdad semejante galardón público.

Puede que el jurado, sin saberlo, premiara con ellos a toda una generación de periodistas de verdad que han construido la intrahistoria reciente de esta ciudad y, desde Granada, de una parte de esta Andalucía y de una porción de este país, ahora agónico. Periodistas de a pie mal pagados y peor valorados, a los que se les exige infinitamente más de lo que reciben, que no son libres, pero que con la dignidad de la inocencia marcaron una época brillante en sus periódicos, radios, televisiones, pese al perenne silencio y el desprecio de la prensa oficial, ése que se creía que si no lo vociferaban ellos, no existía, no había pasado o, ante el descrédito generalizado por el olvido, atacaba reduciendo la importancia del impacto. Ese periodismo, que tanto daño ha hecho y hace a esta ciudad, alimentado por todo político y personaje, que perdieron el culo y pasta por aparecer en negritas.

A la masiva manifestación del pasado 5 de mayo, que con fuerza impulsó Ana C. Fuentes para reivindicar la dignidad de la profesión, se sumaron muchos de esos héroes y heroínas, aunque como suele pasar en estos casos, no todos ni todas, más por pereza y otras excusas, pienso, que por las tesis que se defendían.

“Hay periodistas que prefieren la correa a la palabra, la mentira descarada o la media verdad a la verdad”

Hay algunos que ha vivido sin pudor de la prensa, aunque no se les recuerde una noticia. Advenedizos de nuevo cuño, que se creen que por mantener un blog con sus memeces o escribir columnas contemplativas han adquirido la sublime categoría de periodistas. Otros, que, apadrinados por iluminados que regalan un cargo o el título, se creen ejercer ante el espanto ajeno. Hay mandones que lo saben todo del periodismo porque leen la prensa –con dossier a primera hora de la mañana-, ven la tele y escuchan la radio. Como todo en la vida, hay buenos y buenas, regulares, malos, pésimos y detestables. Y como todo en la vida, hay periodistas que durante el día o, durante horas, pasan por todos esos estadios.

Hay algunos que prefieren la correa a la palabra, la mentira descarada o la media verdad a la verdad, y aduladores y aduladoras, lamentables. Y quien presume de dignidad, no sin antes recordarle a la fuente lo mucho que lo aprecia y preguntarle si le gustó aquello, o, sin pudor, comentar algo de aquella factura impagada para la otra publicación en la que trabaja, después de pedir una entrevista para la oficial. ¿Y los gabinetes de propaganda, generalmente dirigidos por intrusos, que manchan el buen nombre de esta profesión?

“Hay otros que pusieron de verdad color a la época franquista”

Pero hay también periodistas que pusieron de verdad color a la época franquista, hombres y mujeres que se dispersan por la ciudad cada mañana para contar lo que ocurre, que se interesan por un asunto hasta las últimas consecuencias. Y entrañables compañeros, absolutamente respetados y respetables, a los que la precariedad de su medio, les obliga a ir como locos de rueda de prensa en rueda de prensa, sin tiempo de indagar en otros asuntos.

Hubo un tiempo en el que desde una habitación de un edificio en San Jerónimo, luego el Realejo y, más tarde, Gran Vía, con una pegatina con tres letras en la puerta, que había que explicar hasta la saciedad, se reivindicaba el Periodismo y se hacía tanto y tan bueno, que, más allá de simpatías y adhesiones, de cuna de profesionales maravillosos, comenzó a renovarse el Periodismo en esta provincia. Y junto a ello, aquellos informativos de radio, que se grababan en cintas de casete para a primera hora de la tarde volver a escucharla, y corresponsales como de películas antiguas, que intercambiaban oficio en bares y a su aire.

En mi suerte, he visto cómo un compañero creaba en esta ciudad la crónica judicial, se cubrían atentados de ETA, detenciones vinculadas a Al-Qaeda o visitas reales, con claridad y serenidad. Columnas jocosas pero perfectas y afiladas. Desterrar un reportaje sobre el preso con más año en el talego de este país –que años después dio la vuelta al mundo-, bajo el pretexto de que a nadie le interesaba, pero también, a la mejor redacción de deportes nunca antes conocida, cuando el Granada -¿lo recordáis, aún?- sufría en Tercera y lo de subir a Primera no entraba ni en los mejores sueños vísperas de resaca.

“He disfrutado con compañeros con vocación económica que no trincaban”

He disfrutado con la mejor redacción de Cultura Actual, digna del mejor Tentaciones o Metrópolis, y de aquel Zarabanda;  con nuevos enfoques de la información municipal, dirigida por, sin duda, la mejor; periodistas con vocación económica que no trincaban, y con poder leer análisis políticos de calado o elevar el medio ambiente a la portada, con la rigurosidad a la que se le exige a una necrológica.

He presenciado cómo alguien narraba la mejor crónica de un concierto, de madrugada, o un mitin, un cruel asesinato, un incendio, una manifestación, una comparecencia vital, dictando comas y puntos seguidos y aparte. Pelear el titular para evitar “vaparalo”, confirmar una exclusiva y elaborar una obra de arte a partir de dos indicios descartados, cuando nadie lo veía. Y a otros que al dar la hora de su fin de jornada, levantaban el campamento o se desentendían de la información.

“Echo de menos aquellas ruedas de prensa en el que los protagonistas no eran los convocantes”

Compañeros y compañeras que se esfuerzan, desde el otro lado, por ofrecer toda la información posible, facilitar la labor, abrir nuevos caminos, y periodistas a los que tratas con delicadeza y atención, dedicas tiempo y esfuerzo en hacerte explicar para leer al día siguiente un cuento chino. O a gandules en zapatillas quejarse de aquella noticia –“¿cómo no me la has contado a mí?”-, por teléfono y desde su casa, y profesionales que una tarde de sábado de principios de verano acuden a la sede de una institución para interesarse en persona por el notición.

Echo de menos aquellas ruedas de prensa, en las que se preguntaba y preguntaba, sin casarse con nada ni nadie, hasta dar con la noticia para luego contarla desde todas sus aristas –te echamos de menos, Fede-, en el que los protagonistas no eran los convocantes, sino involuntariamente los sagaces periodistas, por su arrojo y aplomo, en busca de la verdad.

Y he visto cómo trabajan los mejores redactores gráficos y cámaras que hayan existido en Granada nunca, cuyo esfuerzo a menudo es vilipendiado por las prisas y el desconocimiento de los que tienen la última palabra en la inserción y la edición de las imágenes. Ídolos míos, capaces de retratar la foto del año en un partido de juveniles un domingo por la tarde, confeccionar la instantánea perfecta, que no precisa de palabras, en cualquier lugar inocuo en apariencia o crear escuelas en simples comparecencias ante la prensa.

“Hemos convertido los medios en trincheras y bandos adscritos”

Malos tiempos para la prensa, sí. Cuando por culpa de todo y muchos, -intereses, intrusos…- hemos convertido los medios en trincheras y bandos adscritos, se desprecia al Periodista y pocas armas quedan para defenderle. Y no se dan cuenta que con el fracaso absoluto del Periodismo, condenamos a la Democracia, o puede que sea eso lo que pretenden. O si no, por qué tanta confusión por el rescate, por qué tanta mentira…

Pero por mucho que se empeñen en destruirlo, o hacer creer radicalmente que el twitter y el facebook sustituyen ya al Periodismo, en lugar de poder complementarlo, aún hay esperanza en artículos, reportajes, las maytes carrasco, fotos, columnas, programas, impecables gabinetes de información, y algún blog con aire de rumore, rumore. Y en tantos  compañeros y compañeras que, afortunadamente, se lo siguen creyendo, pese a la desmotivación, incomprensión, cansancio, miserables sueldos o peores jefes.

“La historia diaria de lo barrios es escribir la historia de Granada y sus habitantes, anónimos y conocidos” 

Esperanza, sí. Y fe. Como en este grupo Giro Comunicación, especialista en todo lo concerniente en Comunicación, formado por un grupo de valientes profesionales, de intachable trayectoria, que hace un año creó un diario online, el primero dedicado a la información de los barrios y mucho más, porque la historia diaria de lo barrios es escribir la historia de Granada y sus habitantes, anónimos y conocidos. Pensando en el ciudadano y la ciudadana, elevándolos a la categoría de referente receptor y copartícipe de una excepcional información que elaboran y llega, hasta donde nunca antes había llegado. Puede que esta experiencia, ya realidad, sea parte sustancial del Nuevo Periodismo del futuro. Ojalá.

Es fresco, innovador, directo, combativo, moderno y me gusta la postura ante la vida que adoptan. Han ofrecido en este tiempo primicias, algunas de las cuales  han abierto informativos y portadas locales y nacionales, aunque nadie sepa que gracias a ellos nos enteramos y nos seguiremos enterando de esas noticias y de otras que, si no fuera por ellos, nadie nunca se enteraría. Han creado cauces nuevos de información y siento que con cada click en sus páginas se le cae un poco más la caspa a Granada y arroja insecticida y matarratas de olor a rosas sobre esta ciudad. Son periodistas. Y aunque aún haya alguien que los quiera silenciar es inevitable que cada vez se les escuche.

Y por no insistir en las virtudes del Periodismo que nos ofrece, que conste señalar que cuando se suceden los malos días y solo tienes ganas de irte a la puta casa a seguir sintiéndote como una mierda, al menos, sabes, que por la mañana te encontrarás con un Granada despierta, el mejor y más fino resumen de la actualidad que, además, te engancha a la vida.

Gracias, entonces, por existir.